Cómo sobrellevar el absurdo económico argentino

“…Para los turistas, pagar en efectivo una suma elevada en Argentina supone formar una pila de billetes de mil pesos tan alta que da risa”

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Mientras el presidente argentino, Javier Milei, se prepara para afrontar una hercúlea tarea, los ciudadanos intercambian entre sí estrategias informales que les permitan mantenerse a flote en medio de una inflación desenfrenada.

El mes pasado, cuando terminamos de cenar en un elegante restaurante peruano de Buenos Aires, mis tíos y mis primos, que habían venido a la ciudad para asistir a una boda, sacaron sus teléfonos móviles. Sacudiendo la cabeza en señal de asombro, fotografiaron el montón de pesos argentinos que habían reunido para pagar la cuenta de 90 dólares. Me estremecí.

Sin embargo, entendía el gesto: para los turistas, pagar en efectivo una suma elevada en Argentina supone formar una pila de billetes de mil pesos tan alta que da risa, ya que cada uno de ellos equivale, aproximadamente, a un dólar debido a la devaluación de la moneda argentina, que ha perdido el 98% de su valor frente al dólar desde 2017, cuando empezaron a emitirse los billetes de mil pesos. He visto a muchos extranjeros hacer lo mismo desde que me trasladé aquí, en junio.

Aun así, sentí vergüenza: no quería que me vieran reír ante este síntoma del malestar económico argentino. El país sudamericano está sufriendo su peor crisis desde hace veinte años, con una inflación anual de más del 140% y dos quintas partes de su población sumidas en la pobreza. Ese fue el telón de fondo en el que se hizo con la victoria el excéntrico economista liberal Javier Milei en las últimas elecciones presidenciales. Milei prometió drásticos recortes del gasto y medidas liberalizadoras para reactivar la economía.

Desde luego, la crisis de este año no es la primera. Desde hace decenios, la estabilidad viene siendo esquiva con Argentina debido, en parte, al exceso de gasto crónico de los políticos, que se trata de solventar recurriendo, de manera intermitente, a la emisión de dinero y a la asunción de elevados préstamos, lo cual, a su vez, se traduce en inflación y suspensión de pagos. Además de eso, el gobierno saliente construyó un laberinto de restricciones económicas, que incluyen el control de las divisas, de los precios y de las importaciones.

«Este país no tiene remedio. Me da igual quién esté en el poder», rezonga Tomás, el fontanero que, la semana pasada, evitó que mi cuarto de baño acabara inundado por un fallo del retrete. Cuando le expliqué el pánico que había provocado en Reino Unido la inflación de 6% anual, Tomás soltó una carcajada. Como casi la mitad de la población argentina, también él cobra en negro, y afirma que este año solo ha podido arañar una subida del 20%, pese a que los costes de la alimentación y los alquileres se han duplicado.

Muchos argentinos han ideado estrategias para lidiar con su excéntrica economía. Hay taxistas que me aconsejan qué instrumentos de ahorro de renta fija pueden protegerme contra el alza de los precios, y generosos dependientes que me instan a buscar en otra parte las ofertas de pago mensual sin intereses durante todo el año que proliferan, ya que permiten a los compradores adquirir artículos, mientras mantienen altos los niveles de consumo para los vendedores.

La población argentina sabe que es mejor dilapidar el dinero extra que tenga en efectivo que acaparar pesos, y más aún antes de acontecimientos que pueden sacudir los mercados, como unas elecciones. Esto explica la efervescencia que se observa en los restaurantes de Buenos Aires, mientras la economía se derrumba. También hay quien compra artículos no perecederos (por ejemplo, productos de limpieza) y los venden a cambio de comida en los cibermercados.

En los niveles más altos de la escala económica, los consejos son otros. En una conferencia, un ejecutivo me contó cómo había esquivado el impuesto argentino sobre el patrimonio, del que están exentos los dólares que reposan en bancos, pero no lo que se acumulan en las casas. «Cuentan los dólares el 31 de diciembre, así que los ingreso, más o menos, en Navidad y los vuelvo a retirar el 2 de enero», relata.

Cualquier persona que forme parte de la privilegiada élite que cobra en dólares, encontrará un abismo entre los precios de la alimentación y los servicios (ridículamente bajos a causa de las amplias subvenciones del gobierno y del declive del peso) y los de los artículos, que las políticas proteccionistas han encarecido. Yo misma pagué cincuenta dólares por el tendedero más barato que pude encontrar, y setenta por una camiseta que se desintegró tras el tercer lavado. Sin embargo, un viaje en metro cuesta ocho dólares, un corte de pelo caro ronda los ocho, y un fastuoso menú de degustación de siete platos sale a cincuenta dólares por cabeza.

Puede que haya cambios a la vista. Milei ha anunciado su intención de acabar con la inflación y liberalizar la economía. Incluso en el caso de que todo salga bien, el presidente ha advertido que los beneficios no serán inmediatos: probablemente, los controles de cambio seguirán en vigor durante el futuro próximo y la inflación puede llegar a acelerarse cuando Milei empiece a desmontar toda la red de control de los precios. Por su parte, los analistas predicen el grave padecimiento que provocará el plan de austeridad, sobre todo a las clases trabajadora y media de Argentina.

Parece que para Tomás y para la mayor parte de la población argentina, las cosas seguirán empeorando antes de que tengan alguna oportunidad de mejorar. Si mi familia vuelve de visita el año que viene, posiblemente siga habiendo impactantes vistas en Buenos Aires.

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