La construcción modular dejó de ser una solución marginal dentro del mercado inmobiliario argentino para consolidarse como una alternativa concreta y escalable frente a los problemas estructurales de la vivienda. En un escenario atravesado por el déficit habitacional, el encarecimiento de la obra tradicional y la necesidad de reducir plazos, el sistema industrializado comienza a atraer tanto a compradores finales como a desarrolladores e inversores.
A diferencia de la construcción húmeda convencional, las viviendas modulares se fabrican mayoritariamente fuera del terreno, en plantas industriales con ambientes controlados. Allí se producen módulos completos —estructura, cerramientos, instalaciones y terminaciones— que luego se trasladan al lote para su montaje final. Este cambio de lógica permite acortar tiempos, reducir imprevistos y mejorar el control de calidad.
Según explica Leandro Seoane, socio fundador de 4 Housing, el principal diferencial es la combinación entre velocidad, calidad y escala. “La construcción modular eleva los estándares de terminaciones, performance y durabilidad, pero sobre todo permite producir más viviendas en menos tiempo, algo estratégico para reducir el déficit habitacional”, señaló.

Plazos de ejecución más cortos
Uno de los mayores atractivos del sistema es el tiempo de obra. Una vivienda modular o industrializada de entre 50 y 200 m² tiene un proceso total cercano a los 90 días, incluyendo diseño, fabricación y logística. El montaje en el terreno demanda entre una y dos semanas, según el tamaño y las condiciones de acceso.
En casos simples, una unidad de 50 m² puede quedar lista en menos de un mes desde el inicio de la fabricación, siempre que el terreno cuente con fundaciones y servicios preparados. La diferencia con la obra tradicional, que suele extenderse durante años, resulta decisiva para proyectos que buscan rapidez y previsibilidad.
Costos y variables clave
En materia de precios, la construcción modular ya no se limita a nichos experimentales. Tras una primera etapa orientada al segmento premium, varias empresas avanzan hacia catálogos más amplios y accesibles.
“En 2026 lanzaremos un catálogo de casas de distintas medidas, con alto valor de diseño, que parten de u$s1.200 por m²”, anticipó Seoane. En ese esquema, una vivienda de 50 m² puede comenzar en valores cercanos a u$s30.000, sin incluir el terreno.
El costo final depende de múltiples factores: materiales elegidos, nivel de equipamiento, porcentaje de muros traslúcidos y ubicación. El transporte también incide, aunque en la mayoría del país no supera el 15% del presupuesto total.
Aspectos técnicos y normativos
Desde el punto de vista técnico, el acceso al terreno es una de las variables más relevantes. “Mientras pueda ingresar un camión pequeño, no hay mayores inconvenientes ni costos extra”, explicó Seoane. La flexibilidad del sistema quedó demostrada incluso en contextos extremos: 4 Housing montó un laboratorio en la Antártida, transportado en rompehielos y descargado con helicóptero.
En lo normativo, el sistema no enfrenta trabas significativas. Las viviendas modulares se habilitan tanto en municipios como en barrios cerrados, incluso en los más tradicionales. Con mantenimiento adecuado, la durabilidad es igual o superior a la de la construcción convencional y requiere menos intervenciones a lo largo del tiempo.
Materiales y terminaciones
Uno de los mitos históricos del sistema modular es la supuesta limitación en materiales. Hoy, ese prejuicio quedó desactualizado. En exteriores se utilizan maderas como lapacho, kiri o laurel, además de soluciones metálicas. En interiores predominan maderas naturales y enchapados como guatambú, jequetibá o álamo. Los pisos pueden ir desde mosaicos graníticos hasta mármoles como travertino o tundra grey.
“No hay restricciones en materiales, siempre que se apliquen con las técnicas propias del sistema”, resumió Seoane.
Modular versus tradicional
El debate entre construcción tradicional y modular atraviesa al sector. Para Juan Pablo Rudoni, presidente de Ecosan y de la Cámara Argentina de Construcción Modular e Industrializada (CACMI), la principal ventaja del sistema industrializado es la previsibilidad. “El 80% del trabajo se hace en planta. La obra se convierte en producto: se define alcance, presupuesto y plazo antes de fabricar”, explicó.
Rudoni detalló que Ecosan opera con una nave de 10.000 m² y una línea de montaje de 210 metros, capaz de producir viviendas, edificios de mediana densidad y desarrollos hoteleros. En estos proyectos, terminar antes implica generar retorno más rápido.
Desde IDERO, Lucas Salvatore remarcó que la industrialización permite reducir riesgos financieros en contextos de alta volatilidad. “Cuando el cliente compra un producto cerrado, el precio no se mueve si no hay cambios. Esa certidumbre hoy vale tanto como el costo”, señaló.
Salvatore identificó el mayor potencial en proyectos de renta ligados a economías regionales estratégicas como Vaca Muerta. Puso como ejemplo a Añelo, donde viven unas 12.000 personas pero ingresan y salen otras 15.000 cada día. “Existe un déficit estimado de 10.000 camas, con una proyección de 40.000 personas en los próximos diez años”, detalló.
En ese contexto, el grupo ya opera dos edificios con 72 departamentos y finaliza otro de 24 unidades, bajo un modelo que integra tierra, desarrollo, construcción y operación para dar previsibilidad al inversor. “Hablamos de inversiones de renta con contratos a diez años en dólares, algo poco habitual en el mercado local”, agregó.
Una solución que gana consenso
Aunque la construcción modular no reemplaza a la obra tradicional, su crecimiento responde a necesidades concretas del mercado: falta de crédito, urgencia habitacional y demanda de soluciones rápidas. Para Rudoni, el avance es irreversible. “La resistencia cultural existe, pero se diluye cuando se visita una planta y se entiende el proceso. La industrialización no es un contenedor improvisado, es ingeniería aplicada a la vivienda”, concluyó.










